marzo 25, 2019
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A contracorriente

Mi candidato (2)

En agosto de 1998, a propósito de unas elecciones primarias celebradas por la Agrupación Local del Partido Socialista en Écija para la elección de candidato a la Alcaldía, publiqué un artículo titulado “Mi candidato” en el que hacía una encendida defensa del entonces (aunque por un estrecho margen de votos) perdedor de aquellos comicios. Hoy, también en agosto pero 17 años mas tarde y también tras unas primarias (ahora ganadas), “Mi candidato” se ha convertido en el actual Alcalde de la ciudad de Écija. 

        En aquél artículo, insisto de 1998 (para que no se me tache de oportunista) decía: “Pese a quien pese, mi candidato, David García Ostos, tiene talla de dirigente del Siglo XXI, es socialista por muchas razones (…) Por eso es el más capaz socialista para ser primer alcalde ecijano del tercer milenio”. 

        Si traigo ahora a colación este artículo es por dos motivos: uno por pura vanidad o mejor, por un irreprimible deseo de venganza, dialéctica al menos, porque conviene no olvidar cómo algunos, ahora adalides del nuevo Alcalde, fueron los que lo vendieron en 1998 provocando la pérdida de aquellas elecciones y la desintegración posterior del PSOE ecijano (con la disolución incluida de la Agrupación Local). 

        Y otro, y para mi esto es lo mas importante, porque citando una frase de San Pablo (“la lucha con la que nos enfrentamos es ante lo viejo y lo nuevo” que, dado el giro político que ha dado en los últimos tiempos nuestra sociedad resulta premonitoria) enumeraba las cualidades de mi candidato, de  mi amigo: “un candidato con futuro capaz de aglutinar, de superar, tradicionales enfrenamientos, de impulsar (ahora como Alcalde) nuestra ciudad hasta hacerla entrar, de lleno, en el tercer milenio, pero sin olvidar su rico acervo histórico y cultural, un candidato capaz de dar respuestas fundamentadas sólo en el interés general sin matización alguna proveniente de grupos de presión y que vuele solo, lejos y apartado de la sombra del cuervo.” 

        Un dirigente político tiene que dar sensación de fortaleza, confianza y seguridad. Fortaleza en el ejercicio del poder (legítimo y democrático) algo que es innato, se tiene o no se tiene, y no puede disimularse con gritos y puñetazos en la mesa que solo ocultan una profunda inseguridad en sí mismo. Confianza en que adoptará las decisiones más adecuadas, para lo que debe contar con los colaboradores más expertos en cada materia, escuchando a los más inteligentes, estén donde estén situados políticamente. Y seguridad que no es otra cosa que la capacidad de transmitir al ciudadano la sensación de que será, cualquiera que sea la situación en que se encuentre.

El poder lo otorga la ciudadanía, la autoridad se gana (o se pierde) con el ejercicio del poder. Tras ganar las alecciones toca ahora ganarse la auctoritas ciudadana y demostrar, en el gobierno, la fortaleza, confianza y seguridad que irradiaba aquel candidato de las primarias de 1998.

 

Miguel Aguilar

Abogado