diciembre 8, 2019
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Vergüenza patrimonial

Me emociona comprobar la inquebrantable fe de mis convecinos en la Justicia. Así, con mayúsculas. Más de diez años lleva el Palacio de Peñaflor abandonado a su suerte, con sólo dos personas llorando sobre el jaramago gigante que creció en el patio, y ha bastado media hora de conferencia sobre su proceso de ruina para que todo dios clame pidiendo no sé si justicia o venganza.

A juzgar por ese repentino arrebato, pareciera que la ruina del Palacio de Peñaflor (emblema del barroco civil, santo y seña del patrimonio ecijano y todos los epítetos ampulosos que se quiera) haya estado oculta a la gente. Al contrario. Su paulatino deterioro lo ha podido conocer todo el mundo. Está documentado. El problema es que casi todo el mundo ha mirado (hemos mirado) para otro sitio.

Ese es el principal problema. Que la presunta indignación ciudadana y la falsa conciencia de parte de nuestra intelectualidad local son teóricas, y duermen en las mismas condiciones de vacío moral en que reposa la vergüenza que más de uno debería tener. Hay quien hasta se ofende y se descuelga con filípicas sobre la necesidad de vengar la afrenta al patrimonio que, mire usted por dónde, lleva decenios languideciendo sin que nadie haya lanzado un miserable ¡ay! por el Palacio.

No me miren así. No descarto estar equivocado. Pero hagan examen de conciencia al respecto, reflexionen un poquito sobre cómo es posible que, teniendo entre nosotros tantos campeones de la virtud y defensores del arte local, medren a nuestro alrededor semejante cantidad de ladrones sin escrúpulos. Y cómo puede ser que el Palacio se nos caiga.