enero 18, 2019
El tiempo
A contracorriente

Otra vez Peñaflor

Otra vez ha sido la Asociación de Amigos de Écija la que ha puesto sobre la mesa la lamentable situación en que se encuentra el Palacio de Peñaflor, ahora con la celebración de un acto en la que, el Letrado que ejerció la acusación particular en la causa penal abierta por los desmanes cometidos en el inmueble, ha explicado el inter procesal y el archivo de la causa.

Y otra vez se ha encendido, en aquellos que asistieron al acto, la llama de la indignación por la, ya definitiva, destrucción del mas emblemático de los bienes que integran nuestro patrimonio histórico artístico. Esta reacción colectiva sería comprensible si nadie hubiera tenido conocimiento de lo que estaba pasando. Pero la realidad era otra. 

Que los responsables municipales habían aprobado un proyecto para convertir el palacio en un hotel sin tan siquiera llevar a cabo unos estudios económicos o de mercado que aseguraran su viabilidad, lo conocíamos todos y también, o al menos todos intuíamos, que adaptar un inmueble de los siglos XVI y XVII a las comodidades necesarias para un hotel del siglo XXI (aire acondicionado, aislamiento, etc.) implicaría la destrucción del bien. Y nadie hizo nada. 

Que, de buenas a primeras, Peñaflor se convirtió en el almacén para acopio de materiales de las obras que se estaban realizando en el Salón, pudimos comprobarlos todos lo que por allí pasamos. Y ninguno hicimos nada. 

Que en la balconada del Palacio apareció un cartel anunciando a una empresa constructora que ni había sido adjudicataria de las obras ni, en teoría, nada tenía que ver con la restauración, todos lo vimos. Y no preguntamos que estaba pasando. 

Que durante el mes de abril de 2006, un mes antes de celebrarse las elecciones municipales, alguien colocó una inmensa estructura metálica, a modo de andamios, a lo largo de toda la fachada del Palacio, que obligó a cortar el tráfico rodado en la calle, y para cuyo anclaje se agujerearon los frescos que caracterizan la imagen exterior del inmueble, fue visto por toda Écija. Y ninguno de nosotros protestó. 

Que, tras celebrarse las elecciones municipales, y revalidar el Sr. Wic del Moral la Alcaldía, los andamios fueron retirados sin haber llevado a cabo ni una sola actuación en la fachada, también todos pudimos comprobarlos. Y nadie pidió explicaciones. 

Que a pesar de que, a bombo y platillo, se anunciara que en un año y medio desde la firma del contrato, concluirían las obras, el Palacio fue abandonado y toda actividad constructiva quedó paralizada, pudo ser apreciado por cualquier ciudadano. Nunca nadie pregunto qué pasaba. 

Y ahora, de vez en cuando, alguien nos recuerda que Peñaflor sigue en pié, aunque solo sea por pura inercia, o porque sus muros se resisten al desplome a pesar del daño infringido. Entonces, por unos momentos, nuestra conciencia se revela contra lo que consideramos, y a todas luces es, una indignidad. Pedimos justicia y clamamos venganza contra los culpables y, como ha ocurrido en la causa penal, ponemos el foco en los administradores de la empresa adjudicataria de las obras que, indudablemente son responsables de daño, pero ni son los únicos ni tan siquiera los principales. 

De la irreversible situación en que se encuentra el Palacio y de los daños causados en el mismo, en mayor o menor medida, todos somos culpables porque, si algo ha revelado esta historia, es que ha supuesto el mayor fracaso de nuestra historia. 

Es un fracaso de la política que no ha sabido dar contenido y utilidad al mejor de nuestros inmuebles; que ha permitido que el ambicioso plan de Andalucía Barroca de la Junta de Andalucía, destinara, en nuestra ciudad, fondos a rehabilitar un inmueble propiedad de la Iglesia, destinado en exclusividad a sus cultos y sobre el que la Administración no tiene facultad alguna de disposición a pesar de invertir en él ingentes cantidades de dinero público y no destinar ni un solo euro a Peñaflor; que ha sido incapaz de llevar a cabo acciones eficaces para evitar la destrucción del inmueble; que ha utilizado el Palacio y las pretendidas obras que se iban a realizar, como reclamo de votantes descerebrados, y para encubrir la ineptitud e incapacidad de gestión de nuestros gobernantes. 

Es un fracaso de la Administración Municipal que, por ignorancia o negligencia inexcusable adjudicó por importe de 9,2 millones de euros la rehabilitación del palacio a una empresa con un capital social de 3.000 euros, dedicada a actividades recreativas y máquinas tragaperras, que no había presentado las cuentas anuales en el Registro Mercantil, que no justificó capacidad económica para asumir el proyecto, que carecía de capacidad técnica para llevar a cabo la obra. Una Administración que no sabe como ni quien entregó las llaves del Palacio a la constructora, que no se realizó acta de replanteo e inicio de obras, que no le exigió al adjudicatario el pago ni del Impuesto Municipal sobre construcciones, instalaciones y obra, ni el pago de la licencia de obras, que no retiró los muebles, de propiedad municipal, antes del inicio de las obras, y que, cuando fueron depositados en un almacén, ni sabe quien los retiró ni hizo inventario del mismo, ni designó responsable de su custodia. 

Es un fracaso de la ciudadanía, como colectividad, que no hemos sido capaces de estar a la altura de lo que se esperaba de nosotros y que refleja que, para los ecijanos, la Ciudad, solo es un sitio donde vivir, que debe tener unos mínimos estándares de comodidad, seguridad, limpieza y ocio, pero nada mas, donde los valores históricos y patrimoniales pueden ser bellos, pero prescindibles. 

Es un fracaso de cada uno de nosotros, individualmente considerados, que no merecemos ser llamados ciudadanos porque no hemos sido capaces de ejercer acción alguna que impidiera, o al menos intentara impedir, la desvergüenza con la que, nuestros representantes políticos, han gestionados la Ciudad y, en este caso, el patrimonio artístico. 

Es un fracaso de nuestras instituciones culturales y, especialmente, de aquellas destinadas a la defensa del patrimonio histórico artístico, incapaces no solo de evitar, sino siquiera de denunciar lo que le estaban haciendo a Peñaflor, silencio cómplice solo roto cuando el mal ya estuvo consumado. 

Es un fracaso, por último, de la Administración de Justicia que, una vez mas, ha demostrado que ni es Administración, ni imparte Justicia, ni cumple con lo que los ciudadanos esperamos de ella: que tutele nuestros derechos. 

Y ahora, cuando el Palacio ha sido destruido, han desaparecido sus muebles, destrozada su carpintería interior, sus fuentes, sus chimeneas de mármol, el papel pintado que cubría sus paredes; cuando hemos convertido el imponente palacio que nos fue legado, en un edificio que, a duras penas, conserva la fachada, las caballerizas, la escalera y el patio principal de mala forma, clamamos venganza contra los culpables.

Algo imposible ya pues, en mi modesta opinión, los delitos que pudieran imputarse a los culpables, delitos contra el patrimonio histórico de los artículos 321 y 323 del Código Penal, sancionados con prisión hasta tres años e inhabilitación hasta cinco, han prescrito al haber transcurrido mas de cinco años desde su comisión. 

A quienes considero autores del delito los señalé en la denuncia que presenté, a título individual, en los Juzgados de Écija. Pero cómplices o encubridores somos todos aunque ahora, como aquella célebre y real imputada, manifestemos nuestro desconocimiento por lo que otros (nuestros representantes municipales) hacían.

Miguel Aguilar

Abogado