julio 29, 2021
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Opinión Renglones torcidos

Ayuso o libertad

Isabel Díaz Ayuso ha basado su campaña electoral en los eslóganes “comunismo o libertad” y “socialismo o libertad”. No se ha detenido en aportar propuestas para solucionar los enormes problemas de los madrileños y madrileñas; se ha dedicado a levantar una cortina de humo que disipe la sombra de una gestión nefasta e irresponsable de la actual crisis sanitaria, económica y social en la Comunidad de Madrid; incluso, se ha atrevido a despreciar a los más necesitados describiéndolos despectivamente como “mantenidos”.

La primera lección de democracia que debería aprender una política de tal nivel, es que sin igualdad no hay libertad que valga. Una libertad sustentada en la desigualdad, en su promoción ideológica e institucional, en el insulto a los más débiles, solo defiende los privilegios de una minoría. Y resulta que la democracia, casualmente, es la política de las mayorías sociales, de la redistribución de riqueza y la justicia social. Todo lo contrario a lo que lleva demostrando la política de exención fiscal hacia las grandes fortunas en la Comunidad de Madrid, al mismo tiempo que se desmantelan y deterioran los servicios públicos garantistas de esa igualdad imprescindible para levantarse en aras de la libertad real.

En ese eslogan, el PP vuelca su odio visceral hacia el comunismo español, obviando su enorme tradición de lucha en la consecución y construcción de la democracia actual. El uso de la historia desde el presente, desde su tergiversación y manipulación es algo habitual entre las derechas patrias. Pero la Historia es la que es.

Si hay una imagen icónica del inicio de nuestra democracia es la de Dolores Ibárruri ‘Pasionaria’ y Rafael Alberti bajando las escaleras del Congreso de los Diputados. Pasionaria, que había perdido su acta de diputada por Asturias tras la Guerra Civil, volvía a ser reelegida por la misma circunscripción en 1977 en una suerte de justicia poética. Con ellos bajaban el exilio, las maestras republicanas, los poetas silenciados y los que nunca lograron silenciar, los fusilados, las fusiladas, los represaliados, el dolor del desarraigo, de la muerte, de las cunetas; bajaba la España que peleó por la democracia, la que sufrió la barbarie, el escarnio y la difamación durante años a través de la propaganda y de la manipulación histórica. Manuel Fraga Iribarne, fundador del PP, fue uno de los artífices de la campaña de desprestigio hacia comunistas y socialistas en la segunda fase del franquismo. Así, que la señora Ayuso ha demostrado ser una heredera directa de esta práctica nada democrática.

Cuando el Partido Comunista de España fue legalizado el 9 de abril de 1977, la opinión pública española había quedado absolutamente impactada con el fatal episodio del asesinato de los abogados de Atocha el 24 de enero de aquel mismo año. Los españoles y españolas de a pie, machacados hasta la saciedad con la propaganda franquista contra el comunismo, cambian su percepción acerca de la actividad de los comunistas en pro de las conquistas de derechos y libertades para los trabajadores y trabajadoras. Con su legalización, Santiago Carrillo, Dolores Ibárruri, todo el partido, aceptaban la monarquía parlamentaria y la democracia liberal en aras de la convivencia y la paz. Atrás quedaban los cuarenta cruentos años de dictadura, la cárcel, las condenas a muerte y los juicios sumarísimos. Y ahí estaban los líderes comunistas, en el Congreso de los Diputados, obviando el enorme daño político y personal, con la firme voluntad de asentar los cimientos democráticos en el país.

Adolfo Suárez, consciente de que la legitimidad de la democracia española en el exterior sería nula sin los comunistas, se apresuró a legalizar al “partido maldito”, al que había liderado la lucha antifranquista durante décadas, al considerado culpable de todos los males españoles por la dictadura, tal y como demuestra la ley de Represión de la Masonería y el Comunismo de 1 de marzo de 1940.

La aportación histórica del PSOE en la construcción de la democracia española desde su fundación en 1879 hasta nuestros días, es innegable. Como representante de las clases trabajadoras, con mítines, huelgas y movilizaciones consiguieron que el secretario general del partido entrara en el Congreso de los Diputados en 1910. Fue un partido trascendental en la Segunda República, protagonizando ministerios y reformas imprescindibles en la democratización de España, como la reforma educativa y la laboral. Tras la Guerra Civil, sus militantes sufrieron asesinatos masivos, fusilamientos, exilio y duras penas de cárcel.

Cuando en las elecciones generales de octubre de 1982, el PSOE obtuvo 202 diputados y más de diez millones de votos, ganaba la otra España, la silenciada durante cuatro décadas. Los estudiantes, los trabajadores industriales, los maestros, las maestras, se apresuraron a dar su voto a un partido histórico pero con un pie en el futuro que el país anhelaba y necesitaba. Con una Fuerza Nueva derrotada en las urnas, con un golpe de estado fracasado el 23 de febrero de 1981 y con la izquierda gobernando el país, se acababa la Transición a la democracia. La violencia, las balas quedaban enterradas en el pasado traumático y difícil de un país que había peleado por la paz, la convivencia y la pluralidad.

España había llegado tarde a esa construcción democrática que Europa había retomado en 1945, después de treinta años en los que el continente había quedado asolado por dos guerras mundiales, el hambre, la barbarie, la posguerra y la muerte. La sociedad que se empezaba a construir en Europa no podía volver a dejar atrás a la clase trabajadora, a la mayoría de la sociedad, representada por los partidos socialistas y comunistas europeos. La izquierda europea, heredera de décadas de lucha del movimiento obrero, fue la artífice de los Estados del Bienestar de la segunda mitad del siglo XX.

Cuando la señora Ayuso se apoya en el eslogan “comunismo o libertad” y “socialismo o libertad” identificando erróneamente el comunismo español con Venezuela, despreciando su lucha antifranqusita y antifascista de tradición europea, al mismo tiempo que se apoya en la extrema derecha machista, xenófoba, ultrapatriótica y violenta, nos está demostrando que está dispuesta a traspasar límites morales inaceptables en democracia. En el debate de la Cadena Ser del pasado viernes, la señora Monasterio, con el silencio cómplice del Partido Popular, increpó a Pablo Iglesias: “Pues váyase, que es lo que deseamos muchos españoles”, “que se levante y se vaya usted de aquí”, mostrando su deseo expreso de que Iglesias tuviese que recurrir al exilio en un discurso cargado de odio y de mentiras. Iglesias que, junto a Marlaska y María Gámez, directora de la Guardia Civil, ha recibido unas balas que los amenazaban de muerte, se ha negado a seguir debatiendo en un debate imposible y minado de odio. El fascismo ya ha conseguido lo que quería: reventar el debate ante su nula capacidad discursiva, suplantar las propuestas por amenazas, convertir el necesario debate político en democracia en un ruido cuartelero y devolvernos a la violencia. Sí, las balas han vuelto de la mano de sus discursos de odio que legitiman y alientan esa violencia.

Pero esta vez, no volveremos al reverso de la Historia. Y es que la democracia no puede tolerar la intolerancia. No, ni las balas ni el exilio volverán, aunque, parece ser que todo ese ruido, ese daño a nuestra convivencia pacífica y a nuestra democracia aportan demasiados votos. Ayuso o libertad. En Madrid nos jugamos el país y la democracia.

Mayte Jiménez Romero
Profesora de Historia
@MAYTEJR