octubre 23, 2020
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Opinión Renglones torcidos

República: la historia detrás del mito

Los casos de corrupción que rodean la figura del rey emérito y, con él, a la institución monárquica han vuelto a poner de actualidad el debate monarquía-república. Sin embargo, el término república, proscrito durante el franquismo, continúa siendo, a día de hoy, para gran parte de la población, una palabra maldita que alude a una etapa traumática del país. Los vencedores de la Guerra Civil vertieron dos mitos fundamentales sobre el régimen republicano: el de carecer de legitimidad en origen y el de haber sido el causante de la contienda civil. Nada más lejos de la realidad.

Para entender el advenimiento de la república hay que analizar los últimos años de la monarquía de Alfonso XIII, así como hacer uso de la Historia Comparada entre los diferentes países europeos. Por un lado, el final de la I Guerra Mundial había abocado al continente al derrocamiento de los regímenes monárquicos y el establecimiento de repúblicas burguesas. El único país donde triunfará la revolución obrera será Rusia. Todas estas repúblicas terminarán siendo aplastadas por el autoritarismo y el fascismo. La élite, que en principio, las apoyará, las terminará traicionando. La República española tendrá los mismos problemas que las repúblicas en Europa, pero en ninguno de esos países habrá golpe de estado o guerra civil. Por lo tanto, hay que derribar el mito de que la república en origen iba destinada a provocar un final violento. Para nada fue así.

Por otro lado, los últimos años de la monarquía de Alfonso XIII sembraron el germen del republicanismo que, hasta ese momento, se había limitado a círculos marginales de intelectuales sin ningún tipo de base social. Al final de la dictadura de Primo de Rivera había una demanda de las élites del país para que se volviera a restablecer el régimen caciquil de la Restauración y se devolviera el poder al parlamento. El dictador se niega a hacerlo y el rey, incapaz de asumir el mando de la reforma, se ve rápidamente identificado con esa postura inmovilista. Cuando Primo de Rivera pide la confianza del ejército en enero de 1930 se da cuenta de que no tiene su respaldo y dimite. Pero para ese momento, la dictadura había desarmado a los dos partidos clave del sistema de la Restauración: el liberal y el conservador. Así, cuando se fija el 12 de abril de 1931 como fecha para la celebración de elecciones municipales, el resultado fue aplastante: la coalición republicano-socialista había ganado en 41 de las 50 capitales de provincia. El propio conde de Romanones entendió que la monarquía había pasado a la historia. Y el líder de la Derecha Liberal Republicana, Niceto Alcalá Zamora, que tomará el cargo de presidente del Gobierno Provisional, pedirá al rey que se marche del país. Por lo tanto, la falta de legitimidad de origen no tiene ningún fundamento, la legitimidad democrática es un hecho demostrable y contrastado.

El Gobierno Provisional fija el 28 de junio de 1931 como fecha para la celebración de elecciones generales. La coalición republicano-socialista aglutinaba a los partidos de la derecha republicana y al PSOE. Las derechas conservadoras y monárquicas están desorganizadas y la extrema derecha aún no cuenta con un partido fascista, por lo que la coalición de republicanos y socialistas copará la mayor parte del parlamento en un régimen unicameral de 470 diputados. El partido más votado fue el PSOE que pasó de un máximo de 7 diputados con el sistema caciquil, a 115 diputados. Estos votos que provenían del campesinado de zonas latifundistas y del proletariado urbano aglutinaban esperanzas de mejoras inmediatas por parte de la clase trabajadora. El PCE obtuvo muy malos resultados sin llegar a contar con ninguna representación en el Congreso de los Diputados. Por lo tanto, no existía ningún tipo de polarización en el país.

La República se enfrentaba a importantes desafíos desde arriba y desde abajo. Uno de los principales problemas en España era el analfabetismo que rozaba una tasa del 60% de la población adulta. Además, había un millón de niños y niñas sin escolarizar. Para la democratización del país era imprescindible que hubiese una educación pública e igualitaria. Así, se construyeron 7.000 nuevas escuelas y se crearon 10.000 plazas docentes. En el corto período de tiempo que duró el régimen republicano se alfabetizaron 4.000.000 de niños y niñas.

Hay, no obstante, dos puntos claves para comprender y dar una explicación histórica a las dificultades que va a tener la II República española a la hora de conseguir una estabilidad real y consensuada. Las derechas conservadoras, católicas, tradicionales y monárquicas no van a verse representadas en el parlamento de 1931 para lo que era su fuerza social real. El motivo fue el sistema electoral de circunscripciones provinciales que eliminará el poder caciquil del sistema uninominal anterior. La unión de partidos se va a ver siempre favorecida. Estos partidos de derecha no se organizaron ni se unieron para la cita electoral, por lo que no aportaron lo suficiente en la redacción de la Constitución de 1931. Aunque fuera un texto jurídico inspirado en otras repúblicas europeas, fundamentalmente, en la República de Weimar en Alemania, la sociedad más tradicional se vio sobrepasada por medidas como el laicismo estatal, la prohibición de que la Iglesia pudiera ejercer la enseñanza o la abolición de la financiación estatal al clero. La realidad es que fue un texto constitucional moderado, propio de una democracia capitalista y burguesa pero que fue percibido como insuficiente por las masas obreras y como revolucionaria para las élites tradicionales y conservadoras. La otra burocracia que había que situar lejos del poder político era el ejército que había aglutinado una cultura golpista e intrusista en el poder civil durante todo el siglo XIX. Aunque fueran medidas imprescindibles en esa separación de poderes, católicos y buena parte del ejército fueron retirando poco a poco su apoyo a un régimen al que habían jurado fidelidad.

Al margen del sistema parlamentario había un movimiento anarcosindicalista tremendamente fuerte y activo. Su posición era contraria a la república a la que calificaban peyorativamente de burguesa. Hubo dos grandes insurrecciones anarquistas durante el gobierno republicano-socialista, en enero de 1932, la primera, y en enero de 1933, la segunda, en la cual queda englobado el episodio de Casas Viejas. La Reforma Agraria, inspirada en la reforma de la Tercera República Francesa, no llegó nunca a realizarse por falta de financiación. Lo que pretendía el gobierno de Azaña era desamortizar, es decir, confiscar para el Estado tierras en “manos muertas” o sin labrar a cambio de una suma de dinero para los propietarios. Se trataba de que la misma medida que los liberales habían realizado con la Iglesia en el siglo XIX, se pusiera en práctica ahora con la nobleza y grandes terratenientes. La ocupación de fincas y la colectivización liderada por anarquistas fueron acciones al margen de la República y castigadas, en exceso en muchos casos, por las fuerzas de orden público. El balance de  este primer bienio fue el de haber conseguido una relativa estabilidad, habiendo aprobado leyes imprescindibles para la mejora de vida de la clase trabajadora (jornada laboral de 40 horas semanales, derecho al desempleo, baja laboral remunerada, vacaciones pagadas, etc.), el voto femenino o la reforma educativa, entre otras.

En el segundo bienio, entre 1933 y 1935, ocurrirá lo contrario que en el bienio anterior. Esta vez, la derecha va muy organizada y unida mientras que la izquierda va separada. Así, el PSOE, el partido obrero y marxista por excelencia del Parlamento, pasa de 115 a 59 diputados. Esta vez eran las izquierdas las que no estaban lo suficientemente representadas para lo que era su fuerza social real. Alejandro Lerroux, líder del Partido Republicano Radical, que había sido ministro en el gobierno de Azaña, será ahora presidente del gobierno. Niceto Alcalá Zamora, líder de la Derecha Liberal Republicana y Presidente de la República, no se fiaba de José María Gil Robles, candidato de la CEDA, partido vencedor en las elecciones y que había adoptado una estética fascista a imitación de Hitler, quien había subido al poder ese mismo año de 1933. La Falange también es fundada en 1933, y el paramilitarismo, que no existía en España por su no participación en la I Guerra Mundial, entrará en escena. Al igual que los nazis, los falangistas se encargarán de socavar las protestas y mítines obreros con la finalidad de desatar la violencia y el caos que diera “motivo” a las fuerzas de orden público para actuar. Mientras el gobierno fue liderado por los republicanos radicales, no hubo problemas importantes. El punto de inflexión se produce en septiembre de 1934 cuando la CEDA se hace con tres ministerios importantes: Justicia, Trabajo y Agricultura. Esto fue demasiado para unas masas obreras que no estaban dispuestas a que las contrarreformas radicalcedistas acabaran con los pocos avances que se habían conseguido hasta la fecha. El movimiento sindicalista liderado por la CNT convocó la huelga general revolucionaria para el 5 de octubre. La UGT, parte del PSOE, el PCE y la FAI apoyaron la huelga que alcanzó niveles extremos de violencia en Asturias. Los obreros, experimentados en la dura represión de las fuerzas del orden, iban armados, por lo que el número de víctimas fue de 1.500 a 2.000 muertos y de 15.000 a 30.000 detenidos. El fracaso de la huelga se debió a la falta de cultura revolucionaria del PSOE en particular y del movimiento obrero español en general. Este bienio, en el que se sucedieron hasta cinco presidentes del gobierno, acabó manchado por un caso importante de corrupción y la incapacidad de encontrar la estabilidad.

En febrero de 1936 el Frente Popular triunfa en las elecciones, pero para ese momento parte del ejército y las élites conservadoras habían renunciado a la vía democrática de resolución de conflictos. La República fue derribada desde arriba y desde dentro, desde el mismo seno de su ejército. El golpe de Estado del 18 de julio de 1936 fue un fracaso. De no haberlo sido, se habría instalado una dictadura en España desde ese mismo momento. No fue un golpe del ejército, ni tampoco de generales, pues de los 18 generales que controlaban las unidades de intervención más importantes, solo se sublevaron cuatro. Miembros del ejército que se mantuvieron leales a la República fueron ejecutados por los sublevados. La Guerra Civil polarizó la sociedad entre fascismo y comunismo por la ayuda internacional que recibieron ambos bandos. Pero esta polarización para nada se reflejó en la composición parlamentaria de febrero de 1936 en la que Falange contaba con 0 diputados y el PCE con 17 de 470. La mayor parte de los españoles habían votado a favor de opciones democráticas.

En definitiva, en la España de los años 30 no se vivieron situaciones diferentes a las que se dieron en el resto de Europa. La democracia real, la que beneficiase a todos y todas, se consiguió a base de lucha y dolor, pues se trataba de un reparto de poder y riqueza. Tras la II Guerra Mundial, las élites europeas comprendieron que la única vía de evitar un “contagio soviético” era la de garantizar un mínimo de nivel y calidad de vida a las clases populares. España vio pasar  por delante la fecha de 1945 y siguió padeciendo la barbarie del fascismo treinta años más. Llegar casi a los años 80 sin haber resuelto los problemas de convivencia política fue grave pero lo es también que a la altura de 2020 gran parte de la población no sea justa con la República. Un régimen con errores y aciertos, con luces y sombras pero al que hay que recordar como lo que fue: la primera experiencia democrática real de nuestra Historia.

Así, al oír la palabra República debe pensarse en democracia y en una alternativa real, actual y justa a una monarquía en jaque.

FOTO: EFE

Mayte Jiménez Romero

Profesora de Historia

@MAYTEJR