octubre 22, 2020
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Opinión Renglones torcidos

8M: caza de brujas

Desde que se declaró el estado de alarma, el foco mediático se ha centrado en la manifestación del 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, como posible – para algunos seguro – origen de la infección. Automáticamente se encontró a “las culpables” de la propagación de la pandemia mundial: las feministas. No se prestó la misma atención informativa a que ese mismo día se celebraran partidos de fútbol, misas, viajes, etc. Ni se responsabilizó al Delegado del Gobierno en Madrid de todo lo ocurrido en la capital ese día. Básicamente, porque de lo que se trataba era de desprestigiar y atacar frontalmente al movimiento feminista. Ese ataque feroz comenzó el mismo día 8 de marzo en Vistalegre, espacio público madrileño al que la ultraderecha de Vox convocó a sus militantes y simpatizantes “para parar la locura feminista”.

La polémica alcanzó tal magnitud que el 23 de marzo, en el primer período del estado de alarma, una jueza de Instrucción de Madrid abrió diligencias contra el Delegado del Gobierno en la Comunidad, José Manuel Franco, con la única base de haber sido él quien había autorizado la manifestación del 8M. Ese fin de semana se celebró en la capital, además del mencionado acto de Vox, un encuentro de fútbol de 1ª División en el Wanda Metropolitano entre el Atleti de Madrid y el Sevilla FC, por ejemplo. Es especialmente significativo el informe elaborado por la Guardia Civil de Tres Cantos actuando como policía judicial; un documento plagado de errores y sustentado en bulos y fake news publicados en medios de ultraderecha y desmentidos por informes oficiales y por la realidad misma de los hechos. El resultado ha sido aplastante: la jueza ha archivado el caso tras la toma de declaración al Delegado del Gobierno en Madrid.

La jueza ha concluido, basándose en los informes forenses, que “desde un punto de vista médico, no puede acreditarse la relación causa-efecto” entre la propagación de la pandemia y la celebración del 8M. Ante el veredicto de la jueza, cabe preguntarse cuál es la clave de bóveda de toda esta campaña de desprestigio hacia las feministas: ¿por qué molesta tanto el feminismo?, ¿por qué esta caza de brujas?

Pues porque sobre nuestras espaldas, sobre nuestra sumisión, nuestro trabajo no remunerado, nuestro silencio, se ha sustentado el mundo. Ese mundo, construido a partir de los roles de género, en el que al género femenino se le ha asignado el rol de servir al masculino, a su familia, de ser el centro de los cuidados y trabajo doméstico. Es tanto así, que actualmente no podemos desligar los procesos de acumulación económica capitalista, del trabajo no remunerado ni valorado de todas las mujeres.

Según la OMT, Organización Mundial del Trabajo, las mujeres realizamos dos tercios de las horas de trabajo en todo el mundo, pero solo percibimos un 10% de los salarios. Se calcula que la prostitución es el “negocio” más beneficioso del mundo, después del de la venta de armas. Se estima que en España un 60% de las mujeres abandonan sus carreras profesionales al convertirse en madres. O, lo que es lo mismo, que la patronal se ahorre, según informe elaborado por CCOO, 11.500 millones de euros en horas extras no remuneradas en el último año, recae en que en el hogar hay toda una legión de mujeres haciéndose cargo de los cuidados mientras sus compañeros de crianza filial realizan horarios intempestivos en sus puestos de trabajo. El INE, Instituto Nacional de Estadística, estima que según la Encuesta de Estructura Salarial del año 2017, la brecha salarial se sitúa en un 21,9%; que si a las mujeres españolas se les pagasen todas sus horas de trabajo coparían el 100% del PIB.

Entonces, ¿cuál es el problema del feminismo? En realidad, más exactamente, ¿qué problemas provoca el feminismo? Fundamentalmente dos. Por un lado, esta tercera ola feminista quiere acabar con la explotación del cuerpo de las mujeres, pretende que recuperemos la soberanía de nuestros cuerpos, que esta sociedad deje de cosificar a las mujeres como objeto de mercadeo sexual para la prostitución y reproductivo para los vientres de alquiler. En esta afrenta, además, el feminismo apunta a que son las mujeres más pobres y vulnerables las que terminan por hacer estos “trabajos” que atentan contra los Derechos Humanos y apuntalan privilegios patriarcales. El neoliberalismo, aliado incondicional del patriarcado del siglo XXI, alegará el mito de la libre elección de mujeres que estructuralmente han sido socializadas con elevados niveles de desigualdad por condición de género y clase social. Cuando lo cierto es que sin igualdad no hay libertad que valga. Y en segundo lugar, por otro lado, las mujeres queremos una igualdad real, que acabe con todos los indicadores que solo hablan de desigualdad, de una pobreza vertiginosa con rostro de mujer.

El gran problema del feminismo para el capitalismo es que está socavando las bases mismas del sistema capitalista. Hasta el punto, de que ese monstruo que vive en las entrañas capitalistas, ese capitalismo en decadencia que es el fascismo, se está viendo amenazado por las feministas. En el siglo XXI no hay un movimiento político más fuerte que el feminismo, con tanta capacidad de organización, de conciencia de género, de grupo, de número, para cambiar y revertir tantísima injusticia. Por lo tanto, el feminismo es el único movimiento con fuerza organizativa para derribar a los Bolsonaro, los Trump o los Johnson. Ese es el problema, que el capitalismo consiguió diluir la conciencia de clase obrera con aquel mito de la clase media. Pero con nosotras no puede, no podrá, porque el 8M significa que nosotras paramos y que si nosotras paramos se para el mundo. Y este mundo no puede parar.

 

Mayte Jiménez Romero

Profesora de Historia

@MAYTEJR