julio 9, 2020
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Opinión Renglones torcidos

Parásitos

Madrid es una ciudad que esta semana ha arrojado dos imágenes esclarecedoras de la realidad antagónica del momento. Por un lado, la dignidad de los desposeídos en el barrio obrero de Aluche, guardando la distancia de seguridad mientras esperaban que se les entregase una bolsa de alimentos. Por otro, los privilegiados, aquellos para los que no existen límites, los que todo lo obtienen por dinero.

Sí, esos, los vecinos del exclusivo Barrio de Salamanca manifestándose aglomerados desde la irresponsabilidad e impunidad que les otorgan sus privilegios. ¿Quién es Pedro Sánchez para decirles a ellos lo que tienen que hacer? ¿Cómo van a tener ellos que sacrificarse por el bien común? ¿Qué es eso del bien común?

Ellos son ellos, los de toda la vida, los herederos de aquellos a los que el bando nacional jamás bombardeó mientras el pueblo de Madrid, los obreros, los de abajo, la clase trabajadora, daba una lección de dignidad al mundo resistiendo al fascismo en pro de la democracia y la justicia. Libertad, ¿qué es la libertad? La que solo les atañe a ellos, la que les otorga el dinero, esa que jamás les ha negado nadie mientras ellos amordazaban, encarcelaban y fusilaban al resto del país. Ese es el problema, que Pedro Sánchez les ha venido a decir que el país no les pertenece y que hay causas comunes por encima de sus intereses particulares.

Y es que la pandemia también es cuestión de clases. Claro que lo es. Los que piden el fin del estado de alarma son los ricos, pijos y rentistas de siempre. Los que tienen el cochazo en su garaje y no saben lo que es una aglomeración en el metro o trenes de cercanías. ¿Qué más les da a ellos que los pobres tengan que ir hacinados a hora punta en un vagón de metro? Total, desde sus pisos de lujo lo único que les preocupa es poderse desplazar a su residencia veraniega o que la asistenta de turno pueda venir a servirles la comida por un salario abusivo.

Señoronas, señorones, niños y niñas pijos que desprecian el trabajo porque nunca, jamás, se han visto en la necesidad de ganarse el sustento.  Su cultura del esfuerzo es nula. Con sus apellidos ya lo tienen todo asegurado en ese capitalismo de amiguetes, de sobres en B y de nepotismo por el que durante décadas se han enriquecido a costa del trabajo ajeno. Ahora, además, lo hacen por encima del dolor ajeno. A ellos no les importan las víctimas, ni la pandemia, ni España. De importarles no habrían cometido semejante acto irresponsable desde la soberbia individualista y privilegiada de la derecha.

A ellos lo único que les importa es no poder imponer su voluntad, ellos, los autodenominados “generadores de riqueza” se están viendo tratados como los demás, como los pobres. Porque esperar, obedecer, ser disciplinado es de pobres. Y ellos no consienten, desde el barrio que representa a esa oligarquía económica del país, que un gobierno votado por los que habitamos el desierto de los nadie les venga a poner restricciones.

Lo cierto es que en esta pandemia cualquier limpiadora, enfermera, doctora o cajera de supermercado ha aportado más al país que toda esa legión de parásitos. Esos que manifestándose desde su transgresión acomodada faltan el respeto al esfuerzo colectivo de un país confinado. Porque después de cuarenta años de democracia aún no han entendido que España es la gente, no ese ente abstracto de las banderas al servicio de sus intereses particulares. Y que, traicionando a su gente, saltándose el confinamiento y aumentando el riesgo de contagio, no están perjudicando al gobierno, están traicionando a España.

Mayte Jiménez Romero

Profesora de Historia

@MAYTEJR