mayo 30, 2020
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Opinión Renglones torcidos

Europa contra Europa

El pasado día 9 de mayo se celebraba el Día de Europa en un momento en el que la función de la propia Unión Europea se enfrenta a la peor crisis desde su creación en 1950, fecha en que se fundó la administración conjunta del hierro y el acero de Francia y la República Federal Alemana, como paso necesario hacia el mantenimiento de la paz.

Cinco años antes, en mayo de 1945, Europa despertaba de la peor de sus pesadillas: casi 6 años de la guerra más letal que hasta entonces había conocido la humanidad. Las consecuencias: 60 millones de muertos y un continente destruido por la guerra: sin infraestructuras, sin tierras de cultivo fértiles, ciudades destrozadas, etc. En mitad de la posguerra, las dos naciones más enemistadas desde 1870, entendieron que la paz pasaba por la cooperación, la unión y la proyección internacional de Europa en su conjunto. Así es como surge el proyecto político de la Unión Europea, en mitad de un continente traumatizado por el desastre de la II Guerra Mundial y abocado a entenderse ante la hegemonía económica estadounidense.

Lo cierto es que ese trauma de la barbarie ha parecido disiparse del subconsciente político del continente. Desde 2008, hemos vuelto a las tensiones internacionales de los años 30, contaminadas por una fuerte crisis económica y la desesperación de una población a la que sus instituciones políticas no han podido salvar del horror de la pobreza. La democracia, como en la época de entreguerras, está cuestionada por su incapacidad de ejecutar un reparto efectivo y justo de la riqueza.

Y es que, si un Estado de Derecho no atiende a los más débiles, sus estructuras se tambalean. En 2020, cuando parecíamos salir de la crisis del euro, una pandemia global ha vuelto a azotar gravemente a la vieja Europa. El Mediterráneo, con Italia y España a la cabeza, pareció ser la zona en la que el coronavirus comenzó a hacer más estragos. En ese momento, las tensiones norte-sur de antaño volvieron a aparecer ante una Holanda y Alemania incapaces de entender la gravedad que supone tratar un problema de salud pública internacional e interconectado bajo el paraguas de los intereses nacionales y económicos neoliberales.

Esos parámetros neoliberales fueron aplicados a los estados en la crisis de 2008; olvidando que los estados no son empresas, ni entidades al servicio de la acumulación económica capitalista, sino estructuras que deben garantizar derechos elementales y básicos a la ciudadanía. La democracia no puede sustentarse en planteamientos políticos fundamentados en privilegios económicos; la sanidad debe ser pública, gratuita y universal y atender a cualquier ciudadano, independientemente de su nivel de renta o procedencia. Esta pandemia ha venido a recordarnos que solo sobreviviremos desde esa cooperación y apoyo internacional que los europeos alcanzamos después de cantidades ingentes de barbarie, dolor y muerte en la primera mitad del siglo XX.

En estos momentos, en los que la sombra del fascismo vuelve a atenazar a Europa, tenemos dos vías de salida a la crisis. La que refuerce la vía democrática con un continente más social, político, ecológico y democrático sustentado en los Derechos Humanos y el blindaje de los servicios públicos; o la vía neoliberal apoyada en el fascismo que termine por aplicar criterios de darwinismo social y nos retrotraiga al pasado, con niveles de desigualdad insoportables y una bestialización de la política en la que los discursos de odio vuelvan a tener cabida en la vida de la ciudadanía.

De esta crisis, o sale una Unión Europea más reforzada y democrática, o estallará por los aires en su propio debilitamiento político, abocándonos a que Europa vuelva a vivir contra Europa. Y ya sabemos a lo que nos lleva esto: al desastre.

Mayte Jiménez Romero

Profesora de Historia

@MAYTEJR